Barcelona: de ciudad a marca (II). ¿Hay otros caminos?

Turistas en Barcelona

Un turismo sostenible es fácil de enunciar y difícil de alcanzar, pero se trata de dar pasos en la dirección correcta. Un buen ejemplo es la ecotasa (pago de una cantidad por turista y noche), recaudación que se destina a mitigar los efectos del turismo en el medio ambiente y, en general, a conservar en buenas condiciones el lugar. La propuesta de aplicarla en Barcelona fue rechazada con fiereza por el sector hotelero, que demostró una preocupante falta de visión de futuro. Cuando finalmente se implantó, en noviembre de 2012 y debido principalmente a la falta de fondos en las arcas de la Generalitat, había perdido el prefijo eco para quedarse simplemente en tasa, y además se anunció que la recaudación se destinaría a la promoción turística de Catalunya.

Otra buena estrategia era el Plan de Usos de Ciutat Vella, que prohibía la creación de nuevas plazas hoteleras en el casco antiguo, aunque no la renovación de las existentes, promoviendo tanto la dispersión turística como la reconversión de viejos hoteluchos en modernos hoteles de gama alta, pero esa norma fue abolida en 2012 (www.lavanguardia.com/local/barcelona/20130724/54378068310/aprobada-modif...).

La apuesta que hizo Barcelona hace dos décadas por el turismo de cruceros fue un claro ejemplo en la dirección contraria. A mediados del pasado siglo los cruceros eran objeto de deseo de muchos destinos turísticos costeros, pues traían visitantes de alto poder adquisitivo que hacían las delicias de restauradores y comerciantes. Actualmente se han popularizado y, además, el turista efectúa la mayor parte del gasto (alojamiento, comidas e incluso compras) en el mismo barco, desembarcando para pasear un rato por la ciudad, comprar un par de recuerdos, tomarse una sangría y quizás visitar un museo o un monumento. En la web del ayuntamiento se puede leer que Barcelona ha recibido en 20 años a 25 millones de cruceristas, con un récord de 31.600 cruceristas en un solo día. Es como mínimo dudoso que el dinero que aportan a la ciudad estos colosales hoteles flotantes compense el gasto que significan, la masificación que suponen y la contaminación que generan.

Comentarios

Yo diría que sí hay otros caminos que no sean el provecho, la explotación masiva y el expolio de cualquier resquicio de encanto en Barcelona. Es dejar de contar los euros y ponerse a pensar.