¿Morir de éxito? Barcelona: de ciudad a marca (III)

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No es descabellado augurar que el turista acabará harto de pasear por unas Ramblas en las que solo se cruza con otros turistas, de comprar en tiendas de recuerdos o en tiendas de ropa que también puede encontrar en su ciudad, de visitar un mercado de La Boquería que se ha transformado en un bazar de golosinas, de comer en restaurantes para turistas con una relación calidad-precio más bien baja, de pagar fortunas por tomarse una cerveza en una terraza, de hacer larguísimas colas en los monumentos o museos y de ser tratados con hastío, cuando no con desprecio, por la población local.

Vecinos del casco antiguo de la ciudad se han movilizado repartiendo folletos (www.sosicascantic.cat/docs/fulltur_es.pdf) en todos los idiomas. Incluso se ha formado un Front de resistència turística.

Síndrome de Venecia

El turismo aporta dinero, no hay duda de esto, pero suele omitirse que también genera gastos: creación o ampliación de instalaciones (aeropuertos, estaciones de tren y de autobuses, muelles para cruceros...), incremento de servicios como recogida de residuos, limpieza o policía y partidas diversas orientadas a la promoción turística. Estos gastos nunca han sido contabilizados pero en el caso de ciudades como Barcelona es obvio que hablamos de cifras elevadas.

Y mientras el dinero que aporta el turismo se queda en unas pocas manos, el gasto lo pagan todos los habitantes de la ciudad con sus impuestos, que suben notablemente. Y aquí llegamos a lo que se conoce como síndrome de Venecia: una ciudad de la que huyen sus habitantes, hartos de la masificación y ahogados por los impuestos, y que poco a poco va convirtiéndose en un gran parque temático del que obtienen beneficio unas pocas empresas. El aumento del coste de vida en las ciudades turísticas es fácilmente constatable. Según estudios recientes (http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/05/16/actualidad/1400268576_889...), las regiones con mayor renta, mayor especialización en el turismo y mayor grado de urbanización son las que tienen costes de vida más altos y esto se traduce en una mayor incidencia de la pobreza. El modelo, como muy bien explica la filósofa Marina Garcés (www.uab.es/servlet/Satellite/postgrado/noticias/detalle-1096480477300.ht...), recuerda al sencillo sistema capitalista-colonialista en países tercermundistas: explotación de los recursos de un lugar hasta agotarlos.

Comentarios

Al final, acabámos pagando los ciudadanos el disfrute de nuestras plazas y servicios a los turistas, que dejarán su dinero en hoteles, restaurantes y tiendas que ni siquiera agradecerán que la ciudad aguante al turista.

http://www.lavanguardia.com/vida/20140901/54414175000/abel-matutes-que-no-se-engane-nadie-todos-vivimos-turismo.html

Tras un hilarante referéndum que mermó las arcas de la ciudad y nos dejó a los ciudadanos con un palmo de narices, Trias ha decidido reemprender las obras de la Diagonal. Esta vez se trata de hacer las aceras más anchas para que los paseantes puedan disfrutar de las tiendas de moda y los bares con grandes terrazas que van a aflorar en breve y por doquier. Algo parecido pasa en el Paral.lel, mítica avenida canalla que está a punto de convertirse en una nueva puerta de acceso a la ciudad para cruceristas. Los vecinos de Ciutat Vella deberíamos alegrarnos, pues todo lo que sea descongestionar la zona de Ramblas y Gòtic es, en principio, un pequeño avance en el modelo de turismo masivo que padecemos. Pero me temo que no va a ser así. Su intención no es repartir a los turistas por la ciudad sino traer más turistas para que llenen toda la ciudad. Si hay terreno, porque no edificar? Si hay calles sin guiris, porque no llenarlas? Viajar es estupendo. Es una de las experiencias más gratificantes para personas de mente abierta y, en clara correspondencia, ser visitado por extranjeros también lo es. Lo espantoso del asunto es la masificación, cuando el viajero se convierte en parte de un grupo gigantesco que deambula calle arriba calle abajo, deja de ser un tipo interesante con el que sentarse en un bar a cambiar impresiones para convertirse en un ser molesto y no, precisamente, bienvenido. Rebajemos drásticamente el número de plazas hoteleras de Barcelona y volvamos a tener visitantes. Y no caigamos en decir ricos sí mochileros no. No aboguemos por un turismo de élite, aboguemos por un turismo discreto y no masificado.

Os dejo este enlace a un artículo sobre este mismo tema de la revista Hosteltur: http://bit.ly/1rsJuD8