Rutas de ensueño por Cerdeña

Lago de Sa Curcurica. Supramonte. © Aggrucar

El viaje es casi siempre un modo de huir de la realidad. Y Cerdeña es el lugar ideal para alejarse del ruido. O así lo entendía en 1921 D.H. Lawrence, que decidió descubrir la isla junto con su mujer Frieda. Buscaba un paraje ajeno a la confusión que reinaba en la Europa de entreguerras. Aquí encontraría una mirada rural y pura difícil de encontrar en el continente.

Menos conocidos que los famosos senderos de Córcega, los senderos de Cerdeña son, sin embargo, inolvidables y una buena manera de recorrer la isla y disfrutar de la inmensidad de su paisaje. Para aprovecharlo al máximo, es conveniente dirigirse al macizo de Gennargentu, situado en la zona centro-oriental, donde se encuentran los picos más altos de la isla y donde solían refugiarse los sardos cuando eran amenazados por los invasores.

Al llegar a este punto, Lawrence comenta: «Estábamos en el punto más elevado del trayecto. Los hombres que vimos por la carretera iban abrigados con pieles de borrego, algunos caminaban con el rostro envuelto en una bufanda. Al mirar atrás vimos una vez más en las hendiduras del valle la nieve de Gennargentu, un blanco manto sobre unos anchos hombros, el corazón mismo de Cerdeña.»

Este Parque Nacional incluye tres regiones de tipos muy diferentes: primero el macizo de Gennargentu, coronado por el pico de La Marmora (1.834 m), luego una región dominada por los paisajes salvajes y lunares de Supramonte y, finalmente, una última que consiste en el soberbio golfo de Orosei.

La meseta calcárea del Supramonte, rodeada por los ríos Cedrino y Olai, es una de las regiones más salvajes y menos pobladas de Europa, un lugar único en el mundo. El agua es escasa y la fauna muy variada: zorros, jabalíes, muflones y águilas conviven en estos picos. Aquí se pueden emprender muchas excursiones para todos los niveles, perfectamente informadas y numeradas. Aconsejamos acercarse al bosque de Montes y a la cumbre de Monte Novo San Giovanni para disfrutar de las vistas sobre las cimas del Gennargentu.

Luego, el paisaje cambia completamente al acercarse al golfo de Orosei, donde los acantilados de piedra caliza blanca se sumergen en aguas transparentes y forman una de las regiones costeras más bellas de Cerdeña. Estos 40 kilómetros de acantilados albergan cuevas submarinas, calas y playas de arena fina (y de ensueño) bordeadas por un mar turquesa. La zona está muy bien conservada, ya que solo se puede llegar en barco o a pie después de unas horas de caminata por uno de los itinerarios más míticos de Cerdeña: el Selvaggio Blu. Un sendero de ensueño que también permite a los excursionistas observar aves raras como el halcón de la reina (del que solo quedan un centenar de ejemplares) y que han adoptado los acantilados del golfo de Orosei como lugar de nidificación.

Desde el punto de vista práctico, el otoño y la primavera son las mejores épocas para conocer la isla y sus espacios naturales a pie. Y, naturalmente, se recomienda ir bien equipado: buenos zapatos, mochila ligera, protector solar, gafas de sol, agua.... Por último, hágase con un buen mapa porque los senderos no están bien señalizados y con el libro Cerdeña y el mar, de D.H. Lawrence, que logra pintar el alma de las gentes, retratar el espíritu de los pueblos y, sobre todo, dejar constancia de cómo el viaje lo cambia a uno y lo enfrenta con su propia esencia.