Paradójicamente, para el turista promedio de Europa occidental, Bulgaria es un destino menos conocido que otros países más exóticos y lejanos como pueden ser Sudáfrica o Tailandia. Y es que, a pesar de que su capital Sofía se encuentra a poco más de tres horas de vuelo de Madrid, posiblemente Bulgaria solo evoca recuerdos de yogures o futbolistas del Dream Team.
En este pequeño gran país situado entre Grecia y Rumanía, a orillas del mar Negro, historia, paisajes, fauna, playa y gastronomía se mezclan para crear un gran destino cercano para unas vacaciones diferentes alejadas de la marabunta.

Sofía, capital con nombre de mujer
Viajar a Bulgaria normalmente conlleva aterrizar en su capital, Sofía, la única del mundo con nombre de mujer, que rápidamente enamora: sus anchas calles y avenidas del siglo XIX no agobian aún por exceso de circulación y varios grandes parques, como el de Borisova Gradina, dan verdor y oxígeno a la ciudad, además de convertirse en remansos de paz.
Para los amantes de la arquitectura y la historia, Sofía ofrece gran variedad de estilos y épocas: uno de los edificios más antiguos de la ciudad es la iglesia de San Jorge, del siglo IV, aún en funcionamiento.
En Sofía conviven cristianos, judíos y musulmanes, y además de la catedral de Sveta Nedelya, del siglo X pero restaurada a mediados del siglo XIX, o la impresionante catedral de San Alejandro Nevski, sede del Patriarcado de Bulgaria y una de las diez catedrales ortodoxas más grandes del mundo, Sofía también cuenta con una sinagoga de principios del siglo XX, y con una mezquita, testimonio de su larga historia bajo el dominio otomano.
El turismo en Bulgaria nos puede llevar a descubrir varias joyas arquitectónicas, y la mejor de Sofía es la iglesia de Boyana, un edificio de ladrillo aparentemente sin encanto —del siglo X— pero que guarda en su interior unas paredes totalmente policromadas con frescos del siglo XI al XIII con representaciones de santos y zares que le han merecido convertirse en Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Parques Nacionales de la Sierra de Rila y de Pirin
A solo una hora y media al sur de Sofía, enclavado en un precioso valle a los pies del Parque Nacional de la sierra de Rila (coronada por la cima más alta del país, el monte Musala), se halla el monasterio de Rila, otra de las joyas de la UNESCO en Bulgaria. San Iván de Rila lo fundó en el siglo X, y desde entonces fue creciendo hasta el complejo amurallado actual, en cuyo patio central se alza la iglesia principal que, con sus cinco cúpulas doradas, fue erigida a mediados del siglo XIX. A pesar de ser un lugar muy turístico, sus cerca de sesenta monjes todavía pueden encontrar aquí la paz espiritual que emana del lugar, en plena naturaleza.
Un poco más al sur encontramos el Parque Nacional de Pirin, también Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que protege la belleza de sus grandes bosques de coníferas, sus lagos, cascadas y grutas de un paisaje cárstico típicamente balcánico y que se extiende a lo largo de 274 km². Su cima más alta, el monte Vihren, mide 2914 metros y su ascensión es una de las más agradecidas en el país por la belleza de sus vistas desde la cima.
Plovdiv, entre las ciudades más bellas de la región
En la lista de qué ver en Bulgaria no puede faltar el centro de histórico de Plovdiv, en el centro del país. Desde las ruinas que coronan el monte Nebet Tepe en el centro de la ciudad vieja, se pueden ver varios de los monumentos de todas épocas históricas que hacen de esta ciudad una de las más antiguas de la región, con restos tracios, persas, macedonios, celtas, romanos, bizantinos, godos, hunos…
Su teatro romano, construido en el siglo IX, se conserva en tan buena forma que aún se realizan obras y conciertos en la actualidad. Su centro histórico también está repleto de casas de la época otomana, como la elegante mansión que el mercader Argir Kuyumdzhioglu se hizo construir en 1847 y que alberga actualmente el Museo Etnográfico Regional. Junto a las ruinas del antiguo estadio se alza la mezquita Djumaya que, construida en 1364, es la más antigua de Europa después de las andaluzas.



Viaje al Valle de las rosas
El dominio otomano de Bulgaria desde el siglo XIV al XIX introdujo cambios políticos y religiosos en el país, pero también un producto que todavía hoy en día es importantísimo en la economía búlgara: la rosa de Damasco.
El centro del país alrededor de Kazanlak alberga el llamado Valle de las Rosas, donde se cultivan miles de rosales para extraer su aceite esencial. Más de la mitad del aceite de rosa empleado en el mundo se produce en esta región búlgara, y entre mayo y junio, cuando se cosecha la rosa, el espectáculo de color está asegurado. El resto del año, todos los recuerdos que hacen referencia a la rosa y que se venden por toda Bulgaria rememoran la gran presencia de esta flor.
Veliko Tarnovo, la ciudad de los zares
La siguiente etapa de este viaje sostenible por Bulgaria será Veliko Tarnovo, la llamada ciudad de los zares por ser la capital durante el Segundo Imperio búlgaro, entre los siglos XII y XIV. Su larga historia se refleja en su gran cantidad de monumentos, como las iglesias de San Demetrio o la de San Pedro y San Pablo.
Pero la joya de Veliko Tarnovo es la magnífica fortaleza de Tsarevets, cuya muralla envuelve la colina situada en un meandro del río Yantra en la que nació la ciudad. Se dice que desde una de sus torres más grandes fue arrojado el rey Balduino I, primer emperador del Imperio latino.
Ruse, la pequeña Viena de Bulgaria
Otra de las ciudades con gran atractivo de Bulgaria es Ruse, al borde del río Danubio, que marca la frontera con Rumanía. Sus murallas, aún visibles en varias partes, protegieron la que fue llamada la Pequeña Viena por la gran cantidad de fiestas que solían celebrarse durante la ocupación otomana, pero también por el gran número de edificios de estética neobarroca y neorococó del siglo XIX y XX.
Ruse se convirtió también en un foco cultural e industrial en el país, y en una de las ciudades más avanzadas de la época. Muy cerca allí, el río Rusenski Lom desemboca en el Danubio, no sin antes haber formado uno de los valles geológicos más impresionantes del país, cortando la roca y formando un cañón lleno de cuevas y cavidades. Algunas de ellas atrajeron en el siglo XII a varios monjes que construyeron iglesias y monasterios rupestres cuyos frescos aún fascinan por su riqueza cromática.
Bulgaria
Bulgaria ofrece desde paisajes magníficos hasta lugares y edificios declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO: Plovdiv, Veliko Tarnovo, Nesebar, monasterio de Rila… Además, su biodiversidad fascina a los naturalistas y, especialmente, a los ornitólogos puesto que se encuentra en medio de dos grandes rutas migratorias. ¡Apresúrate a visitarlo!



Iglesias rupestres de Ivanovo
Las iglesias rupestres de Ivanovo, Patrimonio de la UNESCO, bien merecen una visita desde Ruse. Los amantes de las aves descubrirán, en el Parque Natural de Persina, unos 115 kilómetros al oeste remontando las aguas del Danubio, uno de los paraísos ornitológicos de Bulgaria, reconocido por su gran diversidad faunística. Este es el hogar de más de 220 especies de aves, algunas de ellas especies en peligro de extinción, como el pequeño cormorán (Microcarbo pygmaeus), la barnacla de cuello rojo (Branta ruficollis) y el porrón pardo (Aythya nyroca), que conviven con otras especies naturales y convierten este lugar en uno de los principales destinos de turismo ecológico del país.
Varna y la península de Nesebar
Dirigiéndonos hacia el sureste llegaremos a Varna, a orillas del mar Negro, donde se mezclan en la misma proporción el ajetreo de uno de los puertos más importantes de este mar y el bullicio de los turistas que frecuentan sus playas y resorts. Habitada ya por los tracios en el siglo IX a. C., la ciudad vio la llegada de griegos, romanos (sus baños termales en ruinas aún impresionan) y de casi todas las culturas que pasaron por el mar Negro.
A pesar de que en el centro de Varna aún se conservan algunos edificios antiguos, vale la pena desplazarnos más al sur para descubrir aún otra joya entre magníficas playas. Se trata de la península de Nesebar, unida al continente por un estrecho paso de arena y roca. Esta pequeña casi isla rocosa, habitada por los tracios hace casi tres mil años, se convirtió en colonia griega, y entre las calles estrechas de su denso centro histórico se pueden ver las ruinas de la acrópolis, el ágora, un templo dedicado a Apolo y una muralla tracia. Se mezclan fácilmente con una docena de iglesias (como la basílica medieval de Stara Mitropolia) y casas de madera del siglo XIX que dan un carácter especial a la vieja ciudad y lo convierten en uno de los centros históricos más variados del país.
Quizá sea esta la mejor forma de terminar este circuito, descubriendo a orillas del mar Negro por qué Bulgaria, con sus ciudades históricas, sus bellezas naturales, sus iglesias y monasterios de paredes polícromas y sus playas de arena fina debe contemplarse, a partir de ahora, como un destino vacacional de lo más interesante y cercano.
